José Ortiz
No llevan ni un mes al frente de sus responsabilidades y ya algunos alcaldes están enseñando no el cobre… sino el oro.
Primero fue el caso del alcalde de San Andrés Tuxtla, el morenista Rafael Fararoni Magaña, quien lució un lujoso reloj marca Cartier de 200 mil pesos.
Luego balconearon al presidente municipal de Tantoyuca, Roberto San Román, también militante de Morena, con un cinturón Louis Vuitton de 16 mil pesos y unos zapatos Ferragamo de 21 mil pesos.
Asimismo, ventilaron en estos días en los medios de comunicación que el alcalde de Catemaco, Manuel Eduardo Toscano, se fue al partido del Real Madrid, en Madrid España.
Y el nuevo escándalo es el de Samantha Díaz, esposa del alcalde morenista de Tantoyuca, Roberto San Román, quien presumió en redes que le regalaron una camioneta BMW X2 de más de 1 millón de pesos. Se trata de una BMW X2, un vehículo cuyo precio de lista en el mercado automotriz mexicano oscila, dependiendo de la versión y equipamiento, por encima del millón de pesos.


En todos esos casos, los ediles se han defendido que eso lo pagan con su dinero y no con dinero del pueblo y sus corifeos los han defendido con el rollo de que ellos ya eran «ricos» antes de asumir el cargo de presidentes municipales.
Y si bien es cierto el problema no sería tanto de índole jurídico o legal, sí lo es de tipo ético, moral y de tantito sentido común. Porque cómo se les ocurre a estos zánganos ir por el mundo ostentando una vida de lujos mientras sus gobernados carecen de lo más elemental y algunos de ellos a veces no tienen ni para comer.
Y en el caso de los alcaldes morenistas, se están pasando por el arco del triunfo la recomendación de la Presidenta Claudia Sheinbaum en el sentido de que los gobernantes de su partido y en general de todas las siglas partidistas, deben conducirse con humildad y que no puede haber «un gobierno rico con pueblo pobre».
Asimismo, la primer morenista del país ha expresado que los lujos «no tienen nada que ver con la Transformación» y que, al final, «a cada quien lo juzga el pueblo».
«El poder es humildad», ha machacado en varias ocasiones la Presidenta, pero a esos animalitos les entra por una oreja y les sale por la otra. Pero bien lo dice doña Claudia: el pueblo los juzgará.






