José Ortiz / EN CORTO
A veces los hechos parecen separados. Pero cuando se miran con calma, comienzan a conectarse.
El 11 de febrero de 2026, el Senado de México aprobó la entrada de 19 integrantes de la Marina de Estados Unidos, del SEAL Team 2. La autorización fue clara: venían a capacitar a fuerzas especiales de la Secretaría de Marina en Campeche. Nada de operaciones de combate. Solo entrenamiento. Eso está documentado.
También está documentado que, durante meses, el presidente Donald Trump había elevado el tono contra los cárteles mexicanos. Dijo que no descartaba acciones en territorio mexicano. Habló de ataques “por tierra”. Insistió en que el fentanilo era una amenaza directa para Estados Unidos. Incluso dejó entrever que, si México no actuaba, Washington tenía opciones.
Y entonces, el 22 de febrero, cayó Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. El líder del CJNG. El hombre más buscado por Estados Unidos. Por su captura ofrecían 15 millones de dólares. Era el símbolo del narcotráfico que más preocupaba a Washington.
La versión oficial es clara: fue un operativo de fuerzas mexicanas. No hay evidencia pública de que soldados estadounidenses hayan participado en el enfrentamiento. Eso no se puede afirmar. Pero tampoco se puede ignorar el momento en que ocurrió.
Primero, el Senado autoriza la entrada del equipo élite estadounidense para entrenamiento.
Días después, cae el narcotraficante más poderoso del país.
¿Es prueba de intervención? No.
¿Es una simple coincidencia? Tampoco parece tan simple.
En política internacional, los tiempos importan. La caída de “El Mencho” ocurrió cuando la presión de Estados Unidos era más fuerte y cuando la cooperación militar entre ambos países estaba en un punto visible.
La pregunta no es si los SEALs dispararon. No hay prueba de eso. La pregunta es otra: ¿la presión de Washington aceleró decisiones en México? ¿Se alinearon los tiempos? ¿Fue una forma de demostrar que México sí puede actuar sin intervención extranjera?
Porque hay algo claro: el principal enemigo del discurso de Trump cayó justo en medio de esa tensión bilateral.
México puede decir que actuó con soberanía. Y legalmente eso es lo que consta. Pero en política, la influencia no siempre se ejerce con soldados en el terreno. A veces se ejerce con presión pública, con discursos firmes, con recompensas millonarias y con cooperación de inteligencia.
Entonces queda la duda razonable:
¿Fue una demostración de fuerza mexicana?
¿O fue el resultado de una presión internacional que empujó el momento?
No hay documento que pruebe una orden desde Estados Unidos. Tampoco hay evidencia de subordinación mexicana. Pero cuando los hechos se acomodan de esa manera, el análisis no puede quedarse en la superficie.
La muerte de “El Mencho” cambia el mapa del crimen organizado. Pero también cambia el mensaje político entre México y Estados Unidos.
Y al final, más allá de las balas, queda una pregunta sencilla que cualquier ciudadano puede hacerse:
¿Quién eligió el momento exacto para mover esa pieza?
COLOFÓN: «La Barredora» es un brazo del CJNG. Adán Augusto debe estar al borde del infarto, tras el abatimiento de «El Mencho». Por eso primero le quitaron la coordinación de Morena en el Senado. Nada es casual. Dicen que hasta Padilla ya se hizo popó en sus choninos.


